El otro día estaba en un bareto con un amigo, y, mientras él estába en la barra pidiendo unos tercios, me fijo en una chica: morena, pelo largo y deliciosamente ondulado, guapa de cara, cuerpo agradable…, en ese momento ella me mira, pero yo no me arrugo y aguanto el tipo, ella sonrie mientras esquiva juguetonamente mi mirada, le da un ligero codazo a una de sus amigas para que me observe mientras le susurra algo al oído,… todo su comportamiento me causa un efecto extraño, me noto alborozado, alrededor mío nadie se da cuenta de como la adolescencia rebrota en mí: se me cae un pelo de la barba (ahora tengo dos pelos, en ese momento tenía uno), me salen espinillas (pajilleras) de nuevo, mi extremidades vuelven a crecer mas rápido que el resto del cuerpo, noto como la carga hormonal se dispara, lo que hace que esté más salido que el pico de una plancha: esto último es particularmente reconfortante, es agradable saber que, en algunas cosas, no he cambiado en absoluto.
A la vuelta de mi colega, tras felicitarnos con gran regocijo por conseguir las cervezas sin que nos pidan el carnet, le comento la jugada de la morena. Tras importantes y reflexionadas consideraciones, el gran consejo de sabios llegó a las siguientes conclusiones:
1) “La jungla de cristal” es la mejor de la trilogía, aunque la tercera parte, con Samuel L. Jackson, también está muy bien. Respecto a la segunda parte, ambos coincidimos en que sin duda era la más floja de las tres, pero que tampoco está tan mal.
2) Hubo serias discrepancias sobre quien era más fuerte: Thor o Superman, sin duda el hijo de Kriptón es poderoso, pero Thor es el hijo de Odin, y como Superman le toque un poco las pelotas le mete el martillo por el culo al alienígena de los cojones.
3) Ya que estábamos allí y que no teníamos nada mejor que hacer, podíamos acercarnos a la morena y compañía.
Si tuviera que expresar lo mucho que me toca las pelotas entrar a una tía no tendría tiempo para hablar de nada más, así que me limitaré a reiterarme: me toca mucho (pero mucho) las pelotas entrar a una tía. Pero bueno, un día es un día, parece que te ha mirado y sonreído con lo que muy mal se te tiene que dar para que no consigas tus sórdidos objetivos, asi que vamos para allá, ¡machote! ¡Que eres un machote!
No llegué ni a pasar del “Hola, que…” En ese momento una amiga suya, apareció en escena, para llevársela delante de mis narices. En fin maja, no dudo de tus buenas razones para meter tu nariz en mis asuntos e impedir que me enrolle con tu amiga, pero supongo que un trío ni te lo planteas ¿me equivoco? Dos bofetadas más tarde me reuní de nuevo con mi amigo, que, afortunadamente, tenía buenas noticias: había pedido otro tercio y me comentó que han empezado a rodar la Jungla de Cristal IV.
Mañana es lunes, así que desaparecerá mi renovada adolescencia, me volverá a crecer el pelo ese de la barba, me tendré que enfundar el traje (y no precisamente el de Superman), y algún niño gilipollas me llamará señor al preguntarme la hora.
Lo mismo, con suerte, conoceré a alguna chica que esté solamente interesada en tener un novio que lleve traje (que es mucho más presentable a mamá que un hippy de esos que tienen el pelo largo) al que mangonear, y así podré liberarme de la pesada carga sobre mis hombros que supone tener que ocuparse de mi vida sexual más allá del rápido metesaca que ella generosamente me conceda los domingos. También perderé mi libertad, pero ¿acaso no está sobrevalorada? ¿no es esa la gran mentira de nuestro tiempo? ¿O no somos todos esclavos del dinero?
En fin, no me hagáis ni puto caso, llevo la ostia de tiempo sin follar y el día entero sin fumar ni un miserable pitillo, lo primero por deseo ajeno (o, mejor dicho, falta de deseo) y el otro por deseo propio (a ver cuanto tiempo soy capaz), pero entre ambas cosas me estoy poniendo de los nervios.
Tengo sueño, estoy cansando y muy aburrido. Miro el reloj, apenas han pasado un par de minutos desde la última vez que lo miré, en la pantalla del ordenador hay una aburrida hoja de cálculo. No me gusta verla, es fea y aburrida, y ya estoy suficientemente aburrido. Echo un vistazo a mí alrededor, mis compañeros, mi jefe de equipo… toda la gente que puedo ver está completamente concentrada en su puesto de trabajo.
Tengo la ostia de cosas que hacer, pero no tengo un pijo de ganas de hacerlas: así que paso, y, cuando creo que no me pueden pillar, leo mi correo, cotilleo el periódico,… lo que sea.
Ya no puedo más, me levanto pillo un café y me voy a la calle a fumar un piti, y, si es un día afortunado, en vez de eso me fumo un peta, me tuesto un poquito (no demasiado que tampoco es plan de que me calcen). Llevo cuatro horas en el curro y todavía no he hecho nada, en ese mismo tiempo Jack Bauer hubiera sido secuestrado dos veces, además de haber estado involucrado en cuatro tiroteos y torturado por lo menos a un terrorista.
Mientras pienso en lo mucho que mola “Veinticuatro horas”, miro la pantalla simulando que estoy la ostia de concentrado en algún asunto de mi trabajo, esto lo hago frecuentemente, pero, alguna vez, me he dado cuenta de que llevo un buen rato mirando muy seriamente el escritorio de Windows.
Otras veces alguien se me acerca para preguntarme una cosa, esta es una situación que siempre me incomoda bastante, ya que todavía no se ha dado el caso en el que sepa la respuesta, y, lo que es peor, que entienda la pregunta que me acaban de hacer. Lo cual siempre me lleva a una interesante reflexión ¿en que idioma hablará toda esta gente con la que trabajo?
El sol me despierta, ¿Dónde estoy? Poco a poco (pero muy poco a poco), empiezo a caer en la cuenta de que me encuentro en mi habitación del hotel, sin duda esa es mi maleta y ese guiñapo de allí es mi traje gris. Me duele la cabeza de la ostia, la luz apenas me deja abrir los ojos, pero todavía reconozco mis cosas, bien por mí. Hago el intento de levantarme, pero a mitad de camino lo reconsidero, no estoy para ir a ninguna parte.
Me vuelvo a acostar, pero al hacerlo, me doy cuenta de que estoy oyendo algo, es como si alguien respirara a mi lado, decido ignorarlo, pero la respiración pone su brazo sobre mi pecho. Definitivamente, la curiosidad vence al sueño y me giro en la dirección del brazo. Tumbada junto a mí se encuentra una chica, está despierta y mirándome, el caso es que me suena su cara.
- Buenos días ¿Qué tal has dormido?
Vale, ahora ya se que es uno de esos días. Bueno, que el hecho de tener una tia buena y desnuda en la cama no haga que pierda la calma, de momento me ha hecho una pregunta fácil.
- Bien, ¿que tal has dormido tu? – dije mientras rezaba a Crom por alguna idea un poco más ocurrente porque esta conversación no iba a ninguna parte.
Pero, definitivamente, mi cabeza no estaba para esfuerzos, y, como no tenía más alternativas, le metí mano. No porque estuviera (especialmente) cachondo ni nada de eso, sino porque era la solución mas sencilla. Poco después me encontraba empujando, ya se que he dicho que me dolía la cabeza, pero ¿Qué esperabais? ¡Yo no soy una tia!
Un buen rato después, mientras divagaba acerca de que tampoco había empezado tan mal el día y lo cojonudo que sería tener un porro a mi alcance, ella, que tenía su cabeza sobre mi pecho, me pregunta.
- No me has dicho que te parece mi anillo.
¿De que anillo de los cojones me está hablando? Tomad nota niños y niñas acerca de la lección numero uno del arte del disimulo que desplegué en ese instante.
- Déjame que lo vea otra vez.-
Levantó la mano y, en ese mismo instante, mis corneas amenazaron con evaporarse debido al efecto de los rayos del sol amplificados al atravesar un diamante del tamaño de Sierra Leona.
- ¡Ostiasss, pedazo anillo! ¿De donde lo has sacado? – dije al tiempo que mis afectados ojos recorrían la estancia buscando algún instrumento afilado con el que amputarle el dedo: playas de Acapulco, ¡allá vamos!
- ¿En serio que no te acuerdas?
Decirle que tampoco recordaba su nombre me pareció violento e inadecuado, pero como me perdí la lección numero dos del arte del disimulo, no tuve más remedio que pedirle que se explicara.
- Es mi anillo de pedida: me caso dentro de dos meses.
En este momento tuve un breve amago de solidaridad hacia mi cornudo compañero de género que, ¡pobre infeliz!, no había acudido a la boda ya que trabajaba al día siguiente, supongo que para pagar semejante anillo. Como no conviene tomar decisiones precipitadas, medité mis opciones durante un instante, pero mi yo malvado que estaba sobre mi hombro izquierdo no paraba de gritar: “¡a cuatro patas! ¡a cuatro patas!”, mientras que el angelito bueno decía “¡misionero y con cariño!” y, claro, con tanto grito no había quien se aclarara, con lo que me entretuve bastante tiempo con la discusión, hasta que ella se impacientó y me pregunto si no iba a decir nada.
- Llora.
- ¿Qué llore? ¿Por qué?
- Porque el que no llora no mama.
- Pero para eso no me hace falta llorar...- dijo con una sonrisa al tiempo que desaparecía bajo las sábanas.
Ainsss!! Que chica más simpática y dispuesta, espero que le vaya muy bien en su matrimonio. ¡Ummm, y qué arte tiene!
Lo mío con el traje y la corbata empieza a ser una relación enfermiza, no sólo lo uso a diario por razones laborales, sino que además también me lo tengo que poner en mi tiempo libre. Aunque, claro, esta vez la causa estaba justificada: me iba de boda.
No, la mía no, dios me libre, sino la de un conocido.
Así que allí estaba yo: encorbatado, engominado y absolutamente fuera de lugar: el león fuera de la sabana. Tras la ceremonia y el típico piscolabis al aire libre, en un jardín inmenso, venía la peor parte: la cena. ¿Cuál es mi mesa? ¿Con quien me han sentado? ¿Conozco a alguien? Ni puta idea es la respuesta adecuada a cada una de ellas. Bueno, vamos para allá, que no se diga que soy un cobarde. Lo soy, de eso no hay duda, pero que no se diga.
Tras hablar un rato con mis compañeros de mesa, con gran estupefacción me di cuenta de la falta de originalidad de mis anfitriones: estaba en la mesa de los sin pareja. Aunque, claro, ya que estaba allí, no podia desaprovechar la ocasión. Así que empecé a meter fichas a la pobre infeliz situada a mi derecha ya que estaba de muy buen ver. Varias copas de vino mas tarde ya me había contado su vida (mejor dicho, su aburrida vida), lo horrible que era su trabajo (bienvenida al club), lo miserables que somos los hombres (con un poco de suerte en unas horas yo mismo le daría motivos para sostener semejante afirmación) y alguna que otra tontería más que no soy capaz de recordar.
Luego vinieron el baile y las copas. Y, pese a que me había prometido a mi mismo que no me emborracharía, tras meterme un par cubatas entre pecho y espalda caí en la cuenta que el meñique de mi pie derecho estaba ligeramente montado sobre su compañero situado inmediatamente a la izquierda y, como todo el mundo sabe, si tienes los dedos cruzados no cuenta. Ya liberado de tan estúpida promesa me pedí otra copa más, y luego otra, y luego otra…
(continuara)…
Hay algo que tengo que decir sobre mí: no me gusta nada que me toquen la cabeza. Puedo aguantarlo o incluso disfrutarlo, si quien me la toca (la cabeza, la de pensar, me refiero; bueno, más concretamente, la que está encima de los hombros) es una maciza de escándalo mientras me besa apasionadamente, es algo que encuentro sexy. Tampoco me importa, si la susodicha me revuelve el pelo debido al frenesí orgásmico provocado por mi lengua (bajar al pilón no me mola un pelo, pero uno tiene sus mañas).
Pero lo que de verdad me jode es que me den un golpecito, es algo que me saca de mis casillas. Y hoy, alguien del trabajo ha cometido semejante error, apenas ha sido un ligero roce en plan colegueo al tiempo que me saludaba. De hecho, ha cometido un segundo y tremendo error: ha sonreído, ignorando con ello el violento tic que sacudía mi ojo derecho.
Con gran fuerza de voluntad he conseguido dominarme y, tras derribarle al suelo, apenas le he llegado a encajar una docena de golpes con la grapadora y es que, en el fondo, soy un buenazo. Además, los médicos son muy optimistas y están casi convencidos de que, con el tiempo, volverá a hablar.
De todas maneras, espero que no se repita semejante violación de mi espacio vital, ya que en caso contrario, no me va a quedar mas remedio que arrojarle por la ventana instantes después de haber deslizado una granada en sus pantalones, y me voy a reír colega. De hecho, me voy a partir el culo de la risa.
Veamos, el 6: no, ¡cachis! 17: tampoco, ¡joder! 19: nein. 29: niente. Pues nada, ya no sigo que da lo mismo. Aunque tal vez el reintegro….tampoco.
Esto es una autentica tragedia. Yo quiero que me toque la primitiva, pero la jodia se resiste. Pero vamos a ver, alma candida, ¿para que le vas a dar ese carro de millones a un anciano? Si apenas va a tener tiempo para disfrutarlo y luego se provocan graves cismas familiares por la herencia, o ¿para que dárselo a un inmigrante que no tiene donde caerse muerto? ¿Para que él y su familia tengan una vida mejor? ¡Tonterías!
Es mucho mejor dármelo a mí, ya que mis necesidades son reales. Reflexionemos sobre este tema un breve instante: yo he nacido en el seno de una sociedad capitalista, y el hecho de no ser muchi-millonario me causa un profundo estrés emocional. ¿O acaso te crees que me gusta tener que ir a la oficina todos los días a jugar al buscaminas? ¿crees que no sufró por ello? ¡Ay mísero de mí, y ay, infelice!
Se que algunos me tacharán de egoísta, pero nada más lejos de la realidad, no es el egoísmo el que rige mis pasos, sino el pragmatismo y mi honda preocupación por el bien general de la sociedad española. Es lo mejor para todos, ya que, si yo fuera el afortunado poseedor de una abultada cuenta bancaria, no me quedaría todo ese dinero para mí, ¡que va! Lo repartiría entre mucha gente, como, por ejemplo, el dueño del concesionario de Ferrari, el tío que al que le compro el ático (tan grande que se mide en hectáreas), el capitán de mi yate de cien metros de eslora (tirando por lo bajo), la camarera de mi jet privado (de firmes y exuberantes pechos)....
Y esto, queridos niños y niñas, esto es autentico comunismo. Sin embargo las Parcas parecen tener otros planes para mí y, por extensión, para toda esta pobre gente necesitada. Como pille a esas hijas de puta…