Lo mío con el traje y la corbata empieza a ser una relación enfermiza, no sólo lo uso a diario por razones laborales, sino que además también me lo tengo que poner en mi tiempo libre. Aunque, claro, esta vez la causa estaba justificada: me iba de boda.
No, la mía no, dios me libre, sino la de un conocido.
Así que allí estaba yo: encorbatado, engominado y absolutamente fuera de lugar: el león fuera de la sabana. Tras la ceremonia y el típico piscolabis al aire libre, en un jardín inmenso, venía la peor parte: la cena. ¿Cuál es mi mesa? ¿Con quien me han sentado? ¿Conozco a alguien? Ni puta idea es la respuesta adecuada a cada una de ellas. Bueno, vamos para allá, que no se diga que soy un cobarde. Lo soy, de eso no hay duda, pero que no se diga.
Tras hablar un rato con mis compañeros de mesa, con gran estupefacción me di cuenta de la falta de originalidad de mis anfitriones: estaba en la mesa de los sin pareja. Aunque, claro, ya que estaba allí, no podia desaprovechar la ocasión. Así que empecé a meter fichas a la pobre infeliz situada a mi derecha ya que estaba de muy buen ver. Varias copas de vino mas tarde ya me había contado su vida (mejor dicho, su aburrida vida), lo horrible que era su trabajo (bienvenida al club), lo miserables que somos los hombres (con un poco de suerte en unas horas yo mismo le daría motivos para sostener semejante afirmación) y alguna que otra tontería más que no soy capaz de recordar.
Luego vinieron el baile y las copas. Y, pese a que me había prometido a mi mismo que no me emborracharía, tras meterme un par cubatas entre pecho y espalda caí en la cuenta que el meñique de mi pie derecho estaba ligeramente montado sobre su compañero situado inmediatamente a la izquierda y, como todo el mundo sabe, si tienes los dedos cruzados no cuenta. Ya liberado de tan estúpida promesa me pedí otra copa más, y luego otra, y luego otra…
(continuara)…
Hay algo que tengo que decir sobre mí: no me gusta nada que me toquen la cabeza. Puedo aguantarlo o incluso disfrutarlo, si quien me la toca (la cabeza, la de pensar, me refiero; bueno, más concretamente, la que está encima de los hombros) es una maciza de escándalo mientras me besa apasionadamente, es algo que encuentro sexy. Tampoco me importa, si la susodicha me revuelve el pelo debido al frenesí orgásmico provocado por mi lengua (bajar al pilón no me mola un pelo, pero uno tiene sus mañas).
Pero lo que de verdad me jode es que me den un golpecito, es algo que me saca de mis casillas. Y hoy, alguien del trabajo ha cometido semejante error, apenas ha sido un ligero roce en plan colegueo al tiempo que me saludaba. De hecho, ha cometido un segundo y tremendo error: ha sonreído, ignorando con ello el violento tic que sacudía mi ojo derecho.
Con gran fuerza de voluntad he conseguido dominarme y, tras derribarle al suelo, apenas le he llegado a encajar una docena de golpes con la grapadora y es que, en el fondo, soy un buenazo. Además, los médicos son muy optimistas y están casi convencidos de que, con el tiempo, volverá a hablar.
De todas maneras, espero que no se repita semejante violación de mi espacio vital, ya que en caso contrario, no me va a quedar mas remedio que arrojarle por la ventana instantes después de haber deslizado una granada en sus pantalones, y me voy a reír colega. De hecho, me voy a partir el culo de la risa.
Veamos, el 6: no, ¡cachis! 17: tampoco, ¡joder! 19: nein. 29: niente. Pues nada, ya no sigo que da lo mismo. Aunque tal vez el reintegro….tampoco.
Esto es una autentica tragedia. Yo quiero que me toque la primitiva, pero la jodia se resiste. Pero vamos a ver, alma candida, ¿para que le vas a dar ese carro de millones a un anciano? Si apenas va a tener tiempo para disfrutarlo y luego se provocan graves cismas familiares por la herencia, o ¿para que dárselo a un inmigrante que no tiene donde caerse muerto? ¿Para que él y su familia tengan una vida mejor? ¡Tonterías!
Es mucho mejor dármelo a mí, ya que mis necesidades son reales. Reflexionemos sobre este tema un breve instante: yo he nacido en el seno de una sociedad capitalista, y el hecho de no ser muchi-millonario me causa un profundo estrés emocional. ¿O acaso te crees que me gusta tener que ir a la oficina todos los días a jugar al buscaminas? ¿crees que no sufró por ello? ¡Ay mísero de mí, y ay, infelice!
Se que algunos me tacharán de egoísta, pero nada más lejos de la realidad, no es el egoísmo el que rige mis pasos, sino el pragmatismo y mi honda preocupación por el bien general de la sociedad española. Es lo mejor para todos, ya que, si yo fuera el afortunado poseedor de una abultada cuenta bancaria, no me quedaría todo ese dinero para mí, ¡que va! Lo repartiría entre mucha gente, como, por ejemplo, el dueño del concesionario de Ferrari, el tío que al que le compro el ático (tan grande que se mide en hectáreas), el capitán de mi yate de cien metros de eslora (tirando por lo bajo), la camarera de mi jet privado (de firmes y exuberantes pechos)....
Y esto, queridos niños y niñas, esto es autentico comunismo. Sin embargo las Parcas parecen tener otros planes para mí y, por extensión, para toda esta pobre gente necesitada. Como pille a esas hijas de puta…
Es agosto, media España está de vacaciones en la playa mientras que la otra media está intentando apagar los incendios que algún desaprensivo ha provocado.
¿Qué eres pirómano? ¡Ah, bueno! ¡Haberlo dicho antes, hombre! Entonces no pasa nada, no te preocupes por esas miles de hectáreas que has quemado y que van a tardar un huevo de años en recuperarse. ¡Menudencias! Si te gusta el fuego, te gusta y punto. Aunque… ¿sabes? Viendo lo mucho que te gusta el fuego, se me ha ocurrido una idea que te va a molar mogollón. Ve descalzándote, por favor. ¡Pacoooo, pásame el soplete! Ya verás que risas nos echamos.
Yo, para variar, soy rara avis, así que, ni estoy en la playa, ni estoy apagando incendios, aquí sigo: en Madrid, currando. Bueno, la verdad es que trabajar, lo que se entiende por trabajar en el sentido más estricto de la palabra, la verdad es que no trabajo mucho, pero sí que me tengo que pasar el día en la oficina, ¡hijos de puta!
Aprovechando que no me he ido a ninguna parte, una amiga ha pasado unos días en mi casa ya que no conocía España. Me ha gustado tenerla aquí y enseñarla algunos de mis rincones favoritos, pero me he dado cuenta de varias cosas: mi inglés está un poco oxidado, en casa tolero (mal) el desorden propio pero el ajeno me saca de mis casillas y esa es solo la primera de las miles de manías que tengo, casi todas ellas relacionadas acerca del comportamiento en (mi) casa.
Conclusión: voy a ser un viejo (verde, eso fijo, no merece la pena casi ni mencionarlo) que va a morir solo en una casa acorde a todas y cada una de sus manías.
Pues a mi no me suena tan mal.
La desidia invade mi cuerpo, así que decido abandonarme en el acogedor regazo del sofá. Enciendo un cigarrito.
Pillo el mando de la tele: clic, nada por aquí, clic, nada por allá, y así n veces (con n tendiendo a infinito), hasta que de repente sucede, topo con un canal en el que están retransmitiendo una serie cuyo nombre ni se, ni viene al caso (no nos distraigamos con menudencias), lo único que nos debe importar es que en ese momento un papanatas disfrazado en plan “molo mogollón” le suelta a un tía (que, ni que decir tiene, está que revienta de buena) un rollo inconexo acerca de la belleza y no-se-que-ostias, para, acto seguido, empezar a enrollarse y magrearse cosa mala. Es justo en ese momento, cuando, sin previo aviso, aparece en la casa el novio de la fiel amante, así que ella, desmintiendo aquello de que las rubias son tontas, llama a su compañera de piso, para que finja que se ducha con el hijo de puta afortunado. Para gran sorpresa de la audiencia, la compañera de piso, que está aun más buena si cabe que la anterior, sin mediar palabra se desnuda, se mete en la ducha e introduce su deliciosa lengua en la boca del jodido cabrón afortunado (me faltan calificativos para tan despreciable ser).
Eso es lo que pasa en la tele, ahora os voy a contar como sería esta historia si fuera la vida real.
Te estas liando con una tía en el cuarto de baño de su casa; ahí estas, dándolo todo y evitando al mismo tiempo que tus chichas se vean reflejadas en el espejo, cuando, justo en el momento en el que estáis ya a punto de meteros en la ducha, aparece el novio en escena. Ella, del susto y de la falta de ideas, te empuja hacia el interior de la bañera, cuyo grifo está estratégicamente situado a la altura de la contractura que te provocaste en la espalda subiendo la puta compra del supermercado el martes pasado.
Muy a tu pesar, no consigues evitar un breve pero intenso aullido de dolor, lo que, sin duda, atrae la atención del novio, ex militar retirado al que licenciaron sin honores por un escabroso tema de tortura, y, justo cuando le tienes donde querías, martirizando su rodilla a golpes de nariz, el tío se da a la fuga, harto ya de recibir más tormento, dejándote con el sabor de la victoria en la boca (ya vacía de todo tipo de dentadura).
Tras un breve periodo de inconsciencia, cuando estás disfrutando de un momento de gloria tan íntimo y privado como es el hecho de seguir vivo contra todo pronóstico, aparece la compañera de piso, que no es que sea fea, es que es muy fea, pero mucho, con un cuerpo francamente desafortunado y, para más INRI, votante del PP.
La pobre infeliz que no se ha enterado de ninguno de los acontecimientos anteriores porque está escuchando a toda ostia el nuevo single de Bustamante en su nuevo súper mega Ipod, se dirigía al baño con la firme intención de explotarse la penúltima espinilla que el mortal cocktail de chocolate y programas del corazón ha provocado en su pellejo facial (digo esto, porque es imposible denominarlo cutis), justo en su momento de mayor triunfo del día (cuando hace pop ya no hay stop), alcanza a contemplarte, confundiendo el brazo alzado en busca de ayuda, por un intento de tocamiento ilícito y los espasmos provocados por el traumatismo craneoencefálico severo, por un acto de onanismo. Pero ella, en vez de agradecer al cielo tan inesperado y halagador interés por su persona, saca la grandísima hija de puta que lleva dentro, rociando el contenido de un spray anti-agresión (sacado de Dios sabe donde) en tus ojos. Dejandote ahí tirado deseando que la muerte no se demore demasiado.
¿Veis porque no me gusta ver la tele?